Seis meses para decir adiós: el nuevo libro de Bernhard Schlink

Seis meses para decir adiós: el nuevo libro de Bernhard Schlink


Buenos Aires, 7 agosto (NA) – Martin tiene 76 años, es profesor emérito de historia del Derecho, está casado con Ulla —una pintora mucho más joven que él— y es padre de David, un nene de seis años. Lleva una vida tranquila, ordenada, satisfecha, hasta que un chequeo de rutina termina  en una sentencia: cáncer de páncreas avanzado. Cuando pregunta cuánto tiempo le queda, la respuesta es escueta y demoledora: no más de seis meses, y de esos, solo las primeras semanas serán llevaderas.

Con esa premisa arranca La vida al final (Anagrama), la nueva novela de Bernhard Schlink, el jurista y escritor alemán que se hizo conocido en el mundo entero gracias a la adaptación cinematográfica de El lector, protagonizada por Kate Winslet y Ralph Fiennes. Autor también de títulos como La nieta, Schlink vuelve aquí a un tema que atraviesa buena parte de la literatura occidental, la cercanía de la muerte, pero lo hace alejado tanto del melodrama como de la frialdad.

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Seis meses para decir adiós: el nuevo libro de Bernhard Schlink

Lo llamativo es que, apenas se confirma el diagnóstico, la vida cotidiana de la familia cambia poco. Martin se lo cuenta a Ulla el mismo día, sin escenas ni drama, y ambos deciden simplemente aprovechar mejor el tiempo: más salidas al cine, más noches en los restaurantes italianos que les gustan. El cambio más profundo no ocurre en la superficie sino en el vínculo entre padre e hijo, y en la cabeza de Martin, que empieza a escribirle a David una serie de cartas fragmentadas pensadas para que las lea de más grande. Ulla, sin embargo, lo convence de que una carta escrita puede pesarle demasiado a un chico de seis años. Martin entiende entonces que lo que de verdad quiere dejarle no son textos ni consejos, sino la seguridad de haber sido querido, y que ese cariño puede transmitirse en cosas tan simples como enseñarle a mantener un compost en el jardín.

La novela nunca se despega de la mirada de Martin, lo que convierte a Ulla y a David en personajes que solo conocemos a través de sus ojos y que, sin embargo, ganan en espesor a medida que avanza la historia. Hay una escena particularmente fuerte en la que padre e hijo pintan juntos un dibujo para que David se lo dé a su madre después de la muerte de Martin: el nene lo dibuja sin boca y con los ojos completamente negros, porque —le explica a su padre con total naturalidad— ya no va a poder ver ni hablar. 

Dividida en tres partes, la novela dedica la primera, la más extensa, al vínculo con David y a esas cartas que Martin nunca termina de escribir del todo. En la segunda, el foco se desplaza hacia Ulla: Martin descubre, casi por casualidad, un secreto. Esa parte también se abre a la historia familiar de Ulla y a la figura de su padre, ausente desde hacía años, en una indagación que funciona menos como intriga que como otra forma de pensar la herencia y lo que se transmite entre generaciones. La tercera parte acelera hacia el final: un viaje.

Lo que propone Schlink es una idea de la muerte como parte de un ciclo y no como un final absoluto: lo que Martin recibió de sus propios antepasados es lo mismo que él le va dejando a David, y esa cadena de herencias es lo que hace que la muerte de un individuo no sea la muerte de todo un vínculo. A medida que Martin lo va entendiendo, su angustia inicial cede lugar a una calma que no es resignación pasiva sino una forma activa de aprovechar el tiempo que le queda. 

También aparece, de fondo, una reflexión constante sobre la justicia y su ausencia (tanto en la vida de las personas como en la sociedad), coherente con la trayectoria de un autor que, como su protagonista, es jurista además de escritor y que a lo largo de toda su obra se ha dedicado a tratar los grises entre lo justo y lo injusto.

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Por su tono reflexivo, la novela se acerca más al ensayo narrativo que a la trama convencional: predominan las digresiones sobre el amor, la verdad, la libertad y la vida bien vivida, antes que los giros de la intriga. Y es por eso que podría ser una novela de la familia de Baumgartner de Paul Auster o Despedidas de Julian Barnes.

La prosa de Schlink es, como siempre, clara y directa, pero no por eso menos profunda: de tanto en tanto se permite una imagen que ilumina todo el capítulo, como cuando compara la relación entre Martin y Ulla con una capa de hielo demasiado fina para sostener el peso de ambos, o cuando describe el ruido de unos chicos jugando como un anuncio de un mundo mejor. «La vida al final» logra algo poco frecuente: contar el final de una vida sin caer en el sentimentalismo ni en la frialdad, y encontrar, incluso ahí, un lugar para el alivio y hasta para la alegría.

Agencia NA



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