22Mar
Editorial:
Hay imágenes que no necesitan explicación, sino una profunda reflexión sobre el destino de nuestros impuestos. En los últimos días, los tucumanos asistimos a una puesta en escena que roza lo obsceno: por un lado, funcionarios de alto rango, con el gobernador Osvaldo Jaldo y el ministro Darío Monteros a la cabeza, celebrando y agradeciendo donaciones de empresarios para los inundados de La Madrid. Por el otro, hombres y mujeres de El Cajón, en Burruyacú, enterrados hasta las rodillas en el barro de la Ruta 310, paleando tierra para que sus familias no queden aisladas.
La pregunta surge sola y es inevitable: ¿Por qué un Gobierno provincial, que recauda fortunas en Ingresos Brutos y sellos, tiene que pedir «por favor» donaciones de carne y mercadería para asistir a sus ciudadanos?
Esta es la radiografía de un Estado ausente. Un Estado que ha decidido que su función ya no es garantizar rutas transitables o previsión ante las lluvias, sino administrar la caridad privada. Mientras los vecinos de Burruyacú hacen el trabajo que le corresponde a Vialidad —usando sus propias manos para que pase una ambulancia—, el oficialismo se jacta de una «gestión solidaria». Solidaridad con recursos ajenos es, en realidad, una confesión de incapacidad propia.
Pero lo más indignante es el argumento de la «falta de fondos». Para la Ruta 310 no hay presupuesto; para las defensas de los ríos que inundan La Madrid, tampoco. Sin embargo, para el «pan y circo» siempre hay billetera. Se estima que los festivales que recorren el interior provincial le costarían a los tucumanos más de 500 millones de pesos por edición, y a veces mucho más. Esos mismos festivales donde los funcionarios se suben al escenario a sonreír son los que financian con el sudor de los contribuyentes que hoy, paradójicamente, tienen que agarrar una pala para salir de sus casas.
El dinero de los tucumanos está, pero está mal gastado. Se va en luces, escenarios y propaganda, mientras la infraestructura básica de la provincia se cae a pedazos. El vecino de El Cajón que hoy arregla su camino no solo está cubriendo la desidia de Vialidad; está pagando dos veces por un servicio que no recibe: primero con sus impuestos y luego con su propio lomo bajo la lluvia.
Tucumán no necesita un gobierno que agradezca bolsitas de mercadería. Necesita un Estado que devuelva en obras cada peso que quita del bolsillo del trabajador. Menos festivales de 500 millones y más máquinas en las rutas; menos fotos de donaciones y más dignidad para el interior que, literalmente, se está hundiendo en el barro.




