Tucumán bajo la lupa: cómo los Leal transformaron a Burruyacú en una PyME del poder
En este municipio del interior, padre e hijo llevan años turnándose los cargos: cuando uno ocupa una banca en la Legislatura, el otro maneja el municipio. Y cuando cambia el ciclo, simplemente intercambian sillas. Así, el clan garantiza una continuidad perfecta, sin fisuras y sin espacios reales para la competencia política.
Este mecanismo, sostenido por acuerdos internos y un sistema electoral que facilita la permanencia, convierte a la gestión municipal en una PyME familiar del poder. Las decisiones, según señalan vecinos y referentes locales, quedan cerradas dentro del mismo núcleo de siempre.
En Burruyacu, las obras, los programas sociales y los recursos públicos se administran bajo una lógica que mezcla clientelismo, control territorial y lealtades obligadas. La oposición casi no tiene margen, y el recambio político es una ilusión que nunca termina de concretarse.
Lo que pasa en Burruyacú no es una excepción: es un espejo de lo que ocurre en varios puntos de Tucumán. Pero aquí, la dinastía Leal construyó uno de los casos más emblemáticos de sucesión hereditaria disfrazada de democracia.


