¿Por qué la moda analógica va a explotar en 2026?
admin2026-02-16T18:48:51-03:00
Pantallas omnipresentes, atención fragmentada y una vida cada vez más mediada por algoritmos. En ese escenario, no sorprende que existe una contra reacción: el regreso a lo analógico. “Esta vuelta está en agenda hace años. La tecnología satura y es esperable que, si la virtualidad lo toma todo, los consumidores quieran hacer un paso atrás y reconectar con la vida offline”, explica Gaba Najmanovich, analista de tendencias y consultora. Según su mirada, en 2026 ese movimiento alcanzará una nueva visibilidad: lo analógico dejará de moverse en los márgenes y se convertirá en una estética hecha y derecha, una forma de marcar identidad.

Objetos que vuelven
En una mesa de Núñez, suena un teléfono fijo. No es decoración ni pieza de museo: alguien del otro lado discó un número al azar para hablar con desconocidos sentados a pocos metros. La escena ocurre en Jobs, uno de los bares que volvió a poner en circulación un formato que parecía extinguido: el fono-bar.
“La idea no es nuestra, es un concepto que existió en los 90 y que desapareció con la llegada de las redes sociales”, explica Julián Mizrahi, al frente del Grupo Miz Juegos. La sorpresa llegó cuando descubrieron que quienes más usaban los teléfonos no eran adultos nostálgicos, sino jóvenes de entre 18 y 25 años, muchos que jamás habían utilizado un teléfono fijo. Se forman parejas, nuevos grupos de amigos y conversaciones que no pasan por una pantalla. Para Mizrahi, el éxito tiene que ver con el contexto actual. “Lo viejo vuelve a funcionar”, dice, incluso (o sobre todo) entre quienes no lo vivieron.

El fono-bar es parte de un regreso más amplio de objetos y prácticas que parecían obsoletos. Por caso, en los últimos años empezaron a ganar visibilidad los llamados «feature phones», dispositivos básicos que permiten llamadas y mensajes, pero prescinden de internet, de redes sociales y notificaciones constantes (como el tan querido Nokia 1100). También han vuelto a escena las cámaras digitales y hasta los relojes despertadores.
Algo parecido ocurre con los juegos de mesa y los arcades, que vuelven a convocar a públicos jóvenes. En el bar El Destello, en Palermo, jugar implica presencia física, reglas compartidas y tiempo sin pantallas. El vinilo es otro ejemplo que dejó de ser objeto de colección para convertirse en ritual. En bares porteños como Punto Mona, en Chacarita, o Mixtape Shimada, en Belgrano, escuchar discos vuelve a ser una experiencia atenta, sin algoritmo ni salto automático de canciones y con ciclos de gran convocatoria.

Señales de largo plazo
Lejos de tratarse de una moda pasajera, el regreso de prácticas analógicas empieza a mostrar señales claras en el comportamiento de consumo. Desde el Observatorio de Trendsity, la CEO y speaker Mariela Mociulsky introduce una distinción clave para entender este «revival». Hay consumos que dialogan con la nostalgia y otros que responden a necesidades actuales. En el primer caso, aparecen objetos ligados a la memoria, la estética retro y el valor simbólico de “lo de antes”, muchas veces asociados a ediciones limitadas, coleccionismo o a una idea de refugio emocional. En el segundo, lo analógico se activa como herramienta concreta para lograr foco, calma, pertenencia e identidad.
Ese segundo registro es el que empieza a ganar más peso. Prácticas como escribir a mano, escuchar música con atención, jugar o involucrarse en actividades manuales funcionan como recursos psicológicos y emocionales que aportan bienestar tangible. Son hábitos posibles, fáciles de incorporar y sostenibles en el tiempo.
De cara a los próximos años, Mociulsky señala que la tendencia está lejos de agotarse. En Trendsity la leen como un proceso cultural que seguirá profundizándose, con productos y experiencias analógicas pensadas con propósito. «La clave será la accesibilidad. Si lo analógico se vuelve demasiado complejo, queda en nicho. Si se diseña como experiencia fácil, compartida y ritualizable, escala mejor», apunta.

Recuperar el control
Y en el trasfondo de este regreso aparece una inquietud más amplia. La sensación de que la atención, el tiempo y la experiencia cotidiana están cada vez más fragmentados. Para Najmanovich, lo que se está poniendo en juego es una disputa silenciosa por el control. “Las redes nos mantienen conectados de forma más parasocial que social. Alimentan la epidemia de soledad”, señala. Así, limitar la exposición digital se vuelve una forma de recuperar autonomía sobre la propia atención.
La experta observa que este movimiento no implica abandonar la tecnología, sino redefinir su lugar. “Irse de la red no es posible. Lo que empieza a cambiar es el modo en que usamos las pantallas y el espacio que ocupan en nuestra vida”, explica. La búsqueda apunta a usos más acotados, con objetivos claros, y a una vida offline que vuelva a tener densidad propia.

Desde la psicología, Viviana Kelmanowicz aporta otra capa de lectura. El impacto de la hiperconectividad todavía no está del todo dimensionado en términos de descanso, foco y salud mental. “Estamos mucho menos en control de lo que creemos. La atención está más dispersa y cuesta sostener la voluntad”, advierte. El circuito de recompensas inmediatas y comparación permanente genera cansancio, ansiedad y una sensación persistente de no llegar.
En ese marco, crear espacios de pausa se vuelve una necesidad. “Necesitamos esos silencios sagrados para recuperar eje y bienestar”, explica. Para algunos será caminar, para otros escuchar música, leer, conversar mirándose a los ojos o compartir una actividad manual. Son momentos que permiten bajar el nivel de estímulo y volver al cuerpo.
Ambas coinciden en que este proceso recién empieza. La expansión de la inteligencia artificial modificará de manera profunda la forma de trabajar, aprender, viajar y vincularse, y todavía no existen herramientas culturales claras para procesar ese cambio. Frente a un futuro que avanza rápido, cuidar la atención, el vínculo y la experiencia compartida aparece como una forma de resguardo. Una manera de sostener lo que sigue siendo humano.
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