La desnutrición camuflada: crecer en Córdoba sin los nutrientes para desarrollarse

La desnutrición camuflada: crecer en Córdoba sin los nutrientes para desarrollarse


No siempre la desnutrición infantil se expresa en bajo peso. En Córdoba, muchos llegan a la consulta médica con sobrepeso, pero sin los nutrientes necesarios para crecer y desarrollarse como deberían. La escena se repite en distintos barrios de la ciudad y expone una realidad que rara vez aparece en primer plano: la malnutrición infantil como consecuencia de una pobreza que se volvió estructural.

Según un relevamiento realizado por el Banco de Alimentos de Córdoba, durante el 2024, el 61%​ de los niños y niñas de la provincia presentaba algún tipo de malnutrición. El dato incluye un 20% de malnutrición por déficit. Apenas el 19% registró valores nutricionales adecuados, lo que da cuenta de una problemática extendida que combina sobrepeso con carencias alimentarias profundas.

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“Hoy vemos más malnutrición que desnutrición clásica”, explica Silvina Del Boca, médica pediatra, integrante de Vaso de Leche. “Hay muy mala calidad de alimentos y un mal acceso al alimento de calidad, a la carne, a las legumbres, a las frutas y verduras. Eso termina impactando en los micronutrientes”.

Así, de acuerdo con el Observatorio de la Deuda Social Argentina de la UCA, el 35,5% de los niños y niñas se encuentra en situación de inseguridad alimentaria, con una tendencia sostenida en aumento. Este dato representa a más de 4 millones de niños argentinos que no pudieron acceder con certeza a la alimentación durante 2024. En el trabajo cotidiano, esta cifra se traduce en más familias que recurren por primera vez a comedores comunitarios, centros barriales u organizaciones sociales en busca de ayuda.

“Es una desnutrición camuflada”, señala. “Son nenes que no alcanzan su talla genética esperable porque han tenido muy baja cantidad de nutrientes en los primeros años de vida”.

La desnutrición que no se ve

El problema empieza incluso antes del nacimiento. Las mayores dificultades se observan en madres embarazadas con carencias nutricionales, donde las condiciones estructurales, como pobreza, falta de acceso al agua potable, viviendas precarias, empleo informal y trayectorias educativas incompletas, inciden de forma directa en el estado nutricional de las infancias. “Los primeros mil días son clave. Cuando logramos acompañar a una mujer desde el embarazo, los resultados son mucho mejores”, señala la pediatra.

En Córdoba Capital, la malnutrición infantil se concentra sobre todo en zonas urbano-marginales de la periferia, aunque no se limita a un sector puntual de la ciudad. Barrios del sur, del oeste y del norte muestran problemáticas similares: hacinamiento, falta de acceso a agua potable y cloacas, dificultades para sostener controles médicos y una alimentación basada en lo que se puede comprar, no en lo que se necesita.

En Córdoba, la pobreza reduce la esperanza de vida hasta en 4,6 años

Asimismo, resalta la relevancia en el acompañamiento del menor: “El niño y el adolescente necesitan el acompañamiento familiar. Solo no lo logra”. La frase sintetiza uno de los principales desafíos que atraviesa la problemática: la imposibilidad de pensar la nutrición infantil como una responsabilidad individual cuando las familias viven en contextos de precariedad sostenida, con redes debilitadas y recursos limitados.

En ese escenario, la alimentación se ve atravesada por múltiples factores que exceden la voluntad de madres y padres: jornadas laborales extensas o inestables, falta de ingresos formales, dificultades para acceder a servicios de salud y escasa disponibilidad de alimentos frescos en los barrios más vulnerables. La consecuencia no es solo un plato incompleto, sino trayectorias de crecimiento condicionadas desde edades tempranas.

“Sin acceso a la salud no hay controles ni detección temprana, sin educación sostenida se vulnera el desarrollo integral del niño. Todo está conectado”, concluye la pediatra. Y la advertencia pone en foco el carácter estructural del problema y expone una realidad que se repite en distintos puntos de Córdoba: cuando fallan las políticas de cuidado integral, la malnutrición deja de ser una urgencia visible y se convierte en una marca silenciosa que acompaña a las infancias durante toda su vida.

El costo de alimentarse, cada vez más lejos de los ingresos

El deterioro del poder adquisitivo aparece como una de las claves para entender el avance de la malnutrición infantil. Según datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC), en noviembre de 2025 una familia tipo de cuatro integrantes necesitó $1.257.329 para superar pobreza. De ese total, $566.364 correspondieron únicamente a la Canasta Básica Alimentaria (CBA), es decir, al gasto mínimo para cubrir la alimentación.

Durante ese mes, la CBA registró un aumento del 4,1%, mientras que la Canasta Básica Total (CBT) subió un 3,6%, ambas por encima de la inflación general de noviembre, que fue del 2,5%. En términos interanuales, la CBT acumuló un incremento del 25,5%, y la CBA, un 28,9%.

La brecha entre ingresos y costos básicos se profundiza al observar el salario mínimo, vital y móvil, que el Gobierno nacional fijó en $341.000 a partir de enero de 2026. La cifra queda muy por debajo de lo necesario para cubrir incluso la alimentación de un hogar, lo que obliga a muchas familias a recortar comidas, optar por alimentos de menor calidad nutricional o recurrir a asistencia comunitaria.

Así, en un escenario donde el costo de alimentarse crece más rápido que los ingresos y el acceso a alimentos de calidad se vuelve cada vez más limitado, la malnutrición infantil deja de ser una excepción para convertirse en una constante. En Córdoba, el sobrepeso combinado con déficit nutricional aparece como una de las expresiones más visibles de una desigualdad persistente, que impacta desde el embarazo y condiciona el desarrollo de niños y adolescentes.





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