Fanfa, gran boxeador, polémico, humilde, controversial, campeón del mundo, padre de 15 hijos, solidario y bravucón: la increíble y loca vida del Roña Castro
Castro acaba de lograr una de las victorias más épicas de toda la historia del boxeo argentino.
La revista estadounidense «The Ring», considerada en todo el mundo «La Biblia del pugilismo», la declaró la pelea del año.
En esa misma velada combatieron, entre otros, los legendarios Julio César Chavez de México, Felix Tito Trinidad de Puerto Rico y Frankie «El Cirujano» Randall de los Estados Unidos. La «creme de la creme» del boxeo de esos y otros tiempos. Así de grande y así de importante fue el santacruceño.
Cualquier recuerdo de la vida de Jorge Fernando Castro debe empezar por allí. Ningún otro evento o acontecimiento lo describirá con mayor precisión. Eso era Locomotora. Un tipo capaz de cualquier cosa arriba del cuadrilátero. Y quizás abajo también. «Fue la mano de Dios, fue la mano de Dios» bramó aquella vez, sudoroso, jadeante, triunfal y con la cara completamenta magullado por las manos de un rival que todavía está dormido por ese puñetazo terrorífico. No estaba tan errado: fue, para muchos, «el Maradona del box».
Fanfarrón, bravucón, desafiante, chamuyero, humilde, compinche, sencillo, un poco agrandado, desafiante, canchero, macanudo, predispuesto, bocón, gentil, amable, valiente, corajudo, sensible, polémico, controversial, bastante tiro al aire, solidario, generoso, agradable y risueño al mismo tiempo, Locomotora Castro fue un personaje de época, uno de esos «incunables» que se dan cada tanto. Un elegido, un distinto, un distinguido.
Llegó a Buenos Aires desde Santa Cruz (nació en Caleta Olivia, al norte de esa provincia, el 18 de agosto de 1967, la muerte lo encontró con 59 años) con un puñado de peleas profesionales y cientos o miles de conflictos callejeros que le valieron fama y renombre en esa zona. Enseguida se hizo notar acá también. Dijo que no le tenía miedo a nadie y que venía para ganarles a todos. Para mejor, cumplió.
Cada declaración era una noticia en la prensa. Cada presentación, una multitud en las tribunas. Había llegado el hombre que parecía destinado a reflotar el boxeo argentino. Un poco Bonavena por su forma de ser entre malandrín, bonachón y popular, un poco Monzón, porque era mediano junior, mediano, y por cómo pegaba, y totalmente Castro: en pocos meses acá ya era «Locomotora», o «El Roña», o «El Negro».
Se volvió famoso y, como todos los de su estirpe y los de su clase, dividió aguas. Los estadios lo llenaban los que lo amaban, sus fanáticos incondicionales, y quienes lo odiaban y sacaban una entrada para verlo perder. Nunca caminó por la calle «Pasar inadvertido». No, eso no era para él. Era tan bueno pegando y eludiendo golpes (bueno, en eso no era tan especialista porque siempre se la dio de guapo) como haciéndose notar.
Le costó ser campeón del mundo, recibió críticas, alguna vez se dijo que podía abandonar el boxeo, le pidieron que siguiera, que cambiara, que modificara hábitos, que se fuera a entrenar afuera, que cambiara, y él a pesar de todo siguió y siguió hasta que cumplió su sueño. ¿Una historia parecida a la de un formidable jugador de fútbol que acaba de retirarse del seleccionado nacional? Y… dos más dos es cuatro.
LA INCREIBLE Y LOCA VIDA DEL ROÑA CASTRO
El Roña también fue un hombre de la noche, mujeriego, gustoso de lo que se conoce como buena vida. De la vida licenciosa, como se decía en esa época. De la vida que, en realidad, no es muy aconsejable para un deportista de primera línea como era él. 15 hijos tuvo en medio de polémicas, idas, vueltas, separaciones tumultuosas, mudanzas, marchas y contramarchas.
Cuando se bajó de los rings pasó a convivir con la televisión. O a seguir ahí, pero más que antes. Participó en realities, dio miles de notas, se encerró en Gran Hermano, cocinó en Masterchef, hizo móviles, lo llamaron a streams. En pocas palabras, las hizo todas. Siempre inquieto, siempre movedizo, siempre dispuesto a hacer «una nueva».
En plena pandemia se conoció su otra faceta. La solidaria. Recién allí se supo que tenía comedores y que el mismo se encargaba de buscar la comida y a veces hasta de prepararla. Primero fue uno, después dos, luego tres y con el tiempo ni sabía cuántos tenía. Escuchar testimonios y convivir con las necesidades de la gente le hicieron tomar un rumbo definitivamente antimileista. «Yo siempre fui peronista, pero hablo no por opositor sino porque esto que está pasando ahora no lo vi nunca. Ahora vienen grandes, chicos, abuelos, madres, padres, nenes, todos tienen hambre. Es impresionante».
En eso andaba, en la apertura de nuevos comedores, cuando la muerte lo encontró jugando en un bingo de Morón. Toda su carrera será eterna e imposible de olvidar, pero aquella noche de Monterrey quedó en la memoria popular ya para siempre.


