Brasil, la prueba de fuego de la derecha en América Latina
Por Alfredo Casado
Buenos Aires, 9 agosto (NA) – Sostener que América Latina atraviesa un giro hacia la derecha ya no parece una hipótesis, sino una constatación. La sucesión de triunfos electorales de fuerzas liberales-conservadoras (con aplicaciones heterogéneas) confirma una tendencia que atraviesa buena parte del continente.
Más complejo resulta explicar las razones de ese viraje. Hay factores ideológicos con peso en determinados países, como Chile. Incluso tras la caída del dictador Pinochet persistió una sólida base social que se plasmó en expresiones radicalizadas dentro del marco democrático.
Pero esas tradiciones puntuales integran un fenómeno regional que las excede y responden a otra matriz: al desgaste acumulado por los ciclos progresistas-populistas que dominaron la región entre la última década del siglo XX y la primera del XXI.
En medio de la crisis con Milei, Lula defendió una relación entre Estados “sin ideologías”
Con la bandera del “Estado presente”, esos gobiernos impulsaron transformaciones económicas, ampliaron derechos y promovieron procesos de industrialización e inclusión social. Sin embargo, con el paso del tiempo comenzaron a quedar a medio camino y a mostrar agotamiento, con relatos muy por encima de la realidad. En muchos casos consolidaron liderazgos cada vez más personalistas, redujeron los márgenes para la renovación interna y se volvieron menos receptivos a las críticas, tanto de la oposición como de sus propios espacios. A esa fatiga se sumaron denuncias de corrupción, problemas de inseguridad y una creciente distancia entre las dirigencias y amplios sectores de la sociedad.
Argentina sintetiza buena parte de ese recorrido: tras la muerte de Néstor Kirchner, el kirchnerismo profundizó la centralidad de Cristina Fernández y terminó cargando con un desgaste que excedió los logros de gestión.
Ese deterioro convivió, además, con una fuerte disputa entre gobiernos progresistas y grandes conglomerados de comunicación, que en varios países se alinearon detrás de alternativas de centroderecha. De ese clima emergieron dirigentes que prometían una ruptura total con el sistema tradicional. Nayib Bukele, en El Salvador, convirtió la lucha contra las maras en el eje de un liderazgo que combinó altos niveles de popularidad con un creciente cuestionamiento por el debilitamiento de las garantías institucionales.
El presidente Javier Milei junto a su par de Brasil, Lula da Silva.
Javier Milei recorrió un camino distinto, aunque con puntos de contacto: desde el inicio exhibió un discurso disruptivo, confrontativo y sin matices, que encontró en las redes sociales y en el voto joven el vehículo ideal para expandirse. Su irrupción terminó proyectándose incluso fuera de las fronteras argentinas, donde su estilo pasó a ser una referencia para otros dirigentes de derecha, aunque el peso geopolítico del país siga siendo limitado.
La discusión de fondo ya no pasa únicamente por la identidad ideológica, sino por la magnitud del cambio regional. En ese tablero, Brasil ocupa un lugar decisivo. Una eventual derrota de Lula frente a Flavio Bolsonaro consolidaría un mapa continental dominado casi por completo por administraciones “de derecha”, en sintonía con Washington y con Donald Trump, dejando apenas como excepciones al Uruguay del Frente Amplio y al México de Claudia Sheinbaum.
Por eso, la próxima elección brasileña trasciende las fronteras: no solo definirá el rumbo de la principal economía de América Latina, sino también si el continente consolida una progresiva hegemonía conservadora o si el progresismo conserva un punto de apoyo desde el cual intentar reconstruirse.
Agencia NA


