Inundaciones en Tucumán: crónica de una tragedia, que otra vez se repite y dejó tres muertos como saldo
El sábado por la tarde/noche no fue un día más, la lluvia empezó como empiezan tantas en Tucumán: persistente, incómoda, anunciando complicaciones. Pero con el correr de las horas, el agua dejó de ser una molestia para convertirse en amenaza. Y después, en tragedia.
Las primeras imágenes que circularon fueron confusas: calles anegadas, autos avanzando con dificultad, vecinos que intentaban cruzar esquinas convertidas en pequeñas lagunas. Nada que no se hubiera visto antes. Pero esta vez fue distinto. El agua no cedió. El agua avanzó.
Las principales arterias de la ciudad de Tucumán colapsaron. Lo que deberían ser avenidas transitables se transformaron en cauces improvisados. Decenas de vehículos quedaron atrapados en medio de verdaderos ríos urbanos. Algunos intentaron avanzar y quedaron detenidos para siempre; otros fueron directamente empujados por la corriente. Con el paso de las horas, la escena se volvió repetitiva: capots abiertos, motores ahogados, conductores mirando en silencio, sin saber qué hacer.

En el microcentro de Tucumán, la situación escaló con rapidez. Las peatonales, desbordadas, se llenaron de residuos arrastrados por la corriente. Bolsas de basura, ramas, restos de todo tipo bloquearon los desagües y sellaron cualquier posibilidad de drenaje. El agua, sin salida, empezó a ganar terreno.
Los comercios fueron los siguientes en caer. El ingreso del agua fue lento al principio, pero constante. Cuando quisieron reaccionar, ya era tarde. La mercadería flotaba, los depósitos se inundaban, y cada minuto que pasaba sumaba pérdidas. No hubo tiempo para salvar casi nada.
Tres muertes. Tres historias interrumpidas por la misma tormenta
Pero mientras Tucumán intentaba resistir, la tragedia ya estaba en marcha. Lisandro tenía 12 años. Jugaba bajo la lluvia, como tantos chicos que ven en la tormenta una oportunidad de diversión. En la calle Jujuy al 2800, el agua le llegaba al cuerpo. No había forma de ver lo que se escondía debajo. Un cable suelto, electrificado, invisible. El contacto fue instantáneo. La descarga, fatal.
La noticia empezó a circular de boca en boca, entre vecinos, entre mensajes de celular, entre publicaciones en redes. Un niño había muerto. En medio de una tormenta. En medio de una ciudad que ya no podía controlar lo que pasaba en sus calles.
Horas más tarde, otra historia comenzaba a tomar forma. Mariano Robles, de 28 años, y Solana Albornoz, de 32, habían salido de un casamiento. Eran padres de dos chicos pequeños, una nena y un bebé de nueve meses que esa noche habían quedado al cuidado de una niñera. El último contacto con su familia fue cerca de las 21 horas. Dijeron que estaban esperando que bajara el agua para poder volver. No lo lograron.
En algún punto del recorrido, la situación se volvió irreversible. El agua empezó a empujar el vehículo. La corriente lo arrastró hasta un canal de riego. El auto volcó. Quedaron atrapados.
La búsqueda se extendió durante horas, sostenida por una esperanza cada vez más frágil. Pero el desenlace fue el que nadie quería confirmar.
Una historia que se repite una y otra vez
El impacto no se limita a lo ocurrido el sábado. La provincia de Tucumán arrastra heridas recientes. Hace apenas semanas, el sur tucumano con Lamadrid como uno de los puntos más golpeados sufrió inundaciones que dejaron a familias enteras sin nada. Casas arrasadas, pertenencias perdidas, vidas que tuvieron que empezar de nuevo. Lo del sábado se suma a esa cadena. Y la profundiza.
Porque ya no alcanza con hablar de un fenómeno climático. Las imágenes de calles convertidas en ríos, de autos destruidos, de comercios devastados y de vidas perdidas dibujan otra cosa: una sensación de desamparo que se repite.
En Tucumán, cada lluvia fuerte parece cargar con la amenaza de una nueva tragedia. Y esta vez, el agua no solo dejó daños materiales. Dejó nombres. Dejó ausencias. Dejó un dolor que se instala y que, como el agua esa noche, parece no encontrar salida.


