TUCUMÁN // ALERTA IGNORADA, CAOS ASEGURADO: CUANDO LA IMPROVISACIÓN PONE EN RIESGO A TODOS

TUCUMÁN // ALERTA IGNORADA, CAOS ASEGURADO: CUANDO LA IMPROVISACIÓN PONE EN RIESGO A TODOS

EDITORIAL

Lo ocurrido con el recital de Tan Biónica en Tucumán no puede ser tomado como un simple imprevisto climático. No fue una sorpresa. No fue algo imposible de prever. Fue, en todo caso, la consecuencia directa de una cadena de decisiones —o de omisiones— que expusieron a miles de personas a una situación de riesgo evitable.

Desde temprano, el Servicio Meteorológico Nacional había emitido una alerta amarilla por tormentas fuertes, con probabilidad de ráfagas intensas y caída de granizo. Más aún, el informe señalaba específicamente a San Miguel de Tucumán como uno de los sectores más comprometidos. Es decir: la información estaba. El riesgo era conocido. La advertencia, clara.

Sin embargo, nada de eso fue suficiente.

Advertisement

El recital se habilitó igual. Las puertas se abrieron. La gente ingresó. Y cuando miles de personas ya se encontraban dentro y en las inmediaciones del Club Central Córdoba, el temporal finalmente se desató con toda su fuerza.

El resultado fue inmediato: calles convertidas en ríos, accesos colapsados y un predio completamente inundado. Las imágenes hablan por sí solas: el club transformado en una pileta, asistentes intentando resguardarse como podían y una ciudad que, una vez más, no respondió a tiempo.

La pregunta es inevitable: ¿qué esperaban que ocurriera?

Lo sucedido pudo haber terminado en tragedia. No es una exageración. Con miles de personas concentradas, bajo lluvia intensa, con agua acumulándose rápidamente y con un sistema urbano que ya mostraba signos de colapso, el escenario era de alto riesgo. Bastaba un incidente más —una descarga eléctrica, una estampida, una caída— para que el desenlace fuera aún más grave.

Pero el problema no termina en un evento puntual. Lo ocurrido refleja un patrón que se repite.

En Tucumán, las alertas parecen ser ignoradas de manera sistemática. Sucede con espectáculos, pero también con la vida cotidiana. Días con advertencias meteorológicas activas en los que las actividades continúan con normalidad, hasta que la tormenta finalmente llega y obliga a decisiones de último momento: suspensiones improvisadas, evacuaciones urgentes, caos generalizado.

El caso de las escuelas es otro ejemplo. Con alertas vigentes, los estudiantes son enviados igual. Y cuando el clima empeora, deben regresar a sus casas en medio de lluvias intensas, calles anegadas y condiciones peligrosas.

No hay planificación. No hay prevención. No hay un criterio claro de anticipación.

Y eso es lo más preocupante.

La prevención no debería ser una opción, ni una reacción tardía. Debería ser una política activa, sostenida y basada en información. Porque cuando se ignoran las alertas, lo que está en juego no es un recital ni una agenda: es la seguridad de la gente.

Lo ocurrido deja una sensación difícil de ignorar: que muchas veces pesa más la lógica de “seguir adelante” que la de cuidar. Que se prioriza lo inmediato por sobre lo importante. Que se reacciona cuando ya es tarde.

Y en ese esquema, el margen de error es mínimo.

Esta vez, el saldo fue un recital suspendido y una ciudad colapsada. Pero la próxima vez, el resultado podría ser mucho más grave.

La pregunta ya no es qué pasó.
La pregunta es: ¿hasta cuándo?

Compartir