Qué explica la escalada de violencia juvenil en Argentina
admin2026-02-13T07:36:47-03:00
Mientras el calendario avanza hacia 2026, una sucesión de episodios protagonizados por adolescentes volvió a instalar una pregunta incómoda en el centro del debate público: ¿qué está ocurriendo con la violencia juvenil en la Argentina? En pocas semanas, distintos puntos del país quedaron atravesados por crímenes y agresiones de una virulencia inusual, con menores como protagonistas y con un denominador común inquietante: la pérdida de freno, la incapacidad de anticipar consecuencias y una escalada que transforma cualquier conflicto en tragedia.
Víctimas
El caso de Jeremías Monzón, de 15 años, en Santa Fe, fue de una brutalidad extrema. El adolescente fue atacado a puñaladas por otros menores en un galpón abandonado. La investigación reveló una planificación previa y chats comprometedores que expusieron una violencia fría, casi desprovista de empatía. En Pinamar, un adolescente fue brutalmente golpeado por un amigo tras una discusión que escaló sin retorno y lo dejó con graves lesiones neurológicas. En Tres de Febrero, Uriel “Chispita” Giménez, de 12 años, murió en medio de un enfrentamiento armado con la policía. En San Cristóbal, provincia de Santa Fe, Delfina, de 15, sobrevivió a un feroz ataque a cuchilladas luego de meses de hostigamiento. Y en Santa Clara de Buena Vista (Santa Fe), tres menores fueron imputados por el homicidio de Lucas Bruno tras una agresión grupal que terminó en muerte.
Consultada por NOTICIAS, la psicoanalista especialista en adolescentes Charo Maroño, divisa claramente el punto de partida: “Todo ser humano tiene una cuota de agresión, pero esa agresión se va aprendiendo a controlar o a encauzar en otras metas a lo largo de la vida”. La clave, sostiene, está en la construcción temprana de recursos psíquicos que permitan tramitar esa energía sin convertirla en destrucción. “Empieza con la crianza en el ámbito familiar, donde los padres enseñan a los chicos qué hacer con esa violencia. Cuando eso falla, porque hay figuras violentas, ausencia de límites o incapacidad de transmitir consecuencias, los chicos empiezan a tener dificultades para manejar su propia agresión”.
Maroño subraya un concepto central: la capacidad de pensar antes de actuar. “Antes de pegarle una cachetada a alguien, primero pensamos. Dialogamos. Nos anticipamos a las consecuencias y eso es lo que está fallando en estas nuevas generaciones de chicos”. En los casos recientes, advierte, aparece con nitidez esa imposibilidad de anticipación. «El acto irrumpe sin mediación, como si el otro no existiera en su condición de sujeto, sino como obstáculo a eliminar».
Teoría y práctica
Según los manuales de Psicoanálisis, la adolescencia es una etapa especialmente sensible para estos desbordes. Es el momento en que se abandona la omnipotencia infantil y se ingresa al mundo adulto, lo que implica aceptar límites, renuncias, frustraciones. “Cuando no hay recursos construidos a lo largo de la infancia para tolerar un no, los chicos pueden entrar en la ira, incluso en lo que llamo ‘ira asesina’. Funcionan todavía desde la lógica infantil: yo puedo todo, no tolero el límite”, detalla.
Pero a la praxis adolescente, que hoy está bajo la lupa, se le deben sumar factores contemporáneos. Redes sociales que amplifican la humillación, consumo problemático, modelos hegemónicos de éxito inalcanzables y dinámicas grupales donde la desinhibición reduce aún más el control interno. Y este último punto, para la licenciada Maroño, es trascendental: “Cuando están juntos, bajan los niveles de control. Se desinhiben. Y si hay alcohol o drogas, ese efecto se potencia”. La pertenencia, que debería funcionar como sostén identitario, en muchos casos se transforma en escenario de validación violenta.
Cada uno de los nombres que ocuparon titulares en las últimas semanas, remiten a una tragedia particular e inconmensurable. Pero en conjunto configuran una señal de alarma social. Como advierte Maroño, cuando no se aprende a pensar antes de actuar ni a tolerar la frustración, la adolescencia puede convertirse en territorio de explosión. Y el costo, demasiado alto, lo pagan siempre los otros.
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